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Niña Yhared

2010

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Friday, 17 September 2010 00:00

La semilla de las mariposas

La semilla de las mariposas

Vuelan y fenecen en el aire. Giran, envuelven y extienden sus cuatro alas coloridas ante la luz solar. Escamas y polvo de selva enervan su aletear. Figuras de ángeles suaves titilan en el despertar mágico de las nubes. El firmamento gira a través del tiempo de miles de mariposas relucientes que irradian savia, sutileza y placer.

Las mariposas juegan a ser amadas por la flora. El perfume que despiden los estambres de ciertas plantas desata el principio de la seducción. Danzan emitiendo sonidos de fertilidad y posan el suave aleteo dorado en los pistilos de la flor. Esta se abre y sueña ser penetrada por el fino toque del vientre anaranjado de la mariposa, que extrae y deposita caricias dulces en el néctar del enamoramiento.
Sus alas brillan y parlotean en medio de esporofitas que las salpican y bañan después de haber brotado del estado de larva. La belleza y perfección acompasan la música que conlleva su alto planeo.
Alas verdes se mezclan y funden entre cientos de mariposas amarillas, moradas y rojas. Los insectos lepidópteros tiñen de azul cada encuentro con la planta. El olor que despiden los pétalos las enloquece y por un momento se funden en los colores frescos y vistosos de la flor. El aroma las guía hasta los órganos de reproducción de la planta y, una vez ahí, comienza el rito de ebullición.
Virginidad/ juego de luz / Metalurgia/ Enlace de juegos/ Flor de la sal/ mariposa irisada/ Brizna de líquidos/ empañan el viento/ Minerales del azahar/ trampas de cobalto/ Planta arácea/ flor de la muerte/ mariposa purpúrea de la juventud.
Flor de azahar/ campanario/ candela/ Flor de lis/ espuma rojiza/ Amaranto/ piel de tigre marchita/ abierta/ Aroma intenso/ Pureza trémula/ Pétalos de trinitaria/ Amarantáceos/ Alas delicadas/ corolas rojas/ adornan la fecundación.
Después de tanto amar viene la muerte. Las mariposas se abandonan y deterioran al extraer el polen. Sus alas tiesas de polvo se cuartean y la lluvia agujera los colores brillantes que adornaban su vuelo. Sus cuerpos se estrellan y derriten en el calor de las plantas criptógamas, fanerógamas y aclamídeas.
El semen de las mariposas atrae a las plantas hermafroditas y las invita a desnudarse en la viscosidad que se forma sobre la superficie de algunas ciruelas y uvas. Inmersas en el rito, los alados insectos comparten óxidos e irrigaciones de néctar con otras flores azules y blancas.
Después de compartir el acto de entrecruzamiento, las mariposas vuelan y desprenden los gametos que se habían prendido a sus alas. Vuelan de nuevo y van rociando el polen en diferentes partes del bosque. De esta manera es posible que broten nuevas combinaciones genéticas de plantas y flores exóticas.
Al final de su vuelo las mariposas se aman en el aire. Se pierden y confunden entre la energía solar y el algodón de las nubes.

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Wednesday, 15 September 2010 00:00

La esencia de jade

La esencia de jade

Piel brillante, de luz. Cuerpos húmedos, estremecidos en la diurna rutina del amor. Ojos de miel, corazón de marfil y cabellos del más profundo azabache suspiran el elíxir del encuentro místico de la seducción.
Los ojos de Jade, tristes como zafiros, aprisionan el recuerdo de su pasado circense. Se recuerda pendiendo de un aro, de un trapecio, sujetada a las alturas tan sólo con los dientes. Sus labios segregan la sangre que ha bebido en cada acto de equilibrismo en el alambre, en cada acto de amor.
Esta noche Jade, vestida con un lujoso traje blanco de princesa encantada, se dirige hacia su lasciva alcoba nupcial. Ha contraído matrimonio con un hombre oriental, obeso, contrahecho, que la persigue por todo el palacio.
Su belleza es tal que conduce a su príncipe a momentos de locura y adulterio. En los 36 palacios siempre hay primavera. El hombre chino busca el fortalecimiento recíproco del Yin y el Yang en el primer encuentro con su amada. El habla, casi susurra y describe las imágenes eróticas del ilustrador Utamaro con gran detalle, recuerda la escena de un hombre y una mujer completamente desnudos copulando encima de una piedra ornamental.
Las mejillas de Jade se arrebolan mientras piensa en el significado del incienso que inunda la habitación, en los complejos decorados de dragones a su alrededor. Aún recuerda la elegancia de sus movimientos sobre el aro, en la oscuridad, sujetándose de los brazos y piernas de sus dos compañeras trapecistas que se anudaban a su corazón cada noche.
Cubre sus delicados pechos con seda, contempla la caligrafía y las pinturas famosas, los haikus y paisajes chinos. Sus pies cubiertos por escarpines decorados con flores —“la puerta del templo”— se extienden gozosos ante la luz. Mientras él recorre “los peldaños de la escalera” comienza a declamar versos de antiguos poetas:
Inexperta en los juegos de esposa, teme él/ demasiado leve para estrecharla entre sus brazos./ Blanda es como de pura carne./ Esta noche él reposará en un lecho de plumas.
Las pupilas de Jade se dilatan y palpitan mientras él continúa:
Sentada está en las rodillas de él ante la ventana de la alcoba./ Y él se apoya en sus hombros perfumados./ Ella descubre que estos placeres no son secretos/ sino de una sabiduría antigua.
En ese instante las prendas íntimas de Jade brotan a la vista y comienza el rito de la combinación de energías, de la exaltación, de la fundición de los vasos sanguíneos.
Con los cabellos de ella cada vez más desatados/ se revuelcan como una pareja de Ave Fénix.
La hermosura núbil de la niña se despliega. La alcoba se hastía de la piel blanca y joven de Jade. Experimentan goces, juegos y posiciones como Buscar el fuego desde el otro lado de la montaña. Se ruborizan y pierden en la virtuosidad de Izar la bandera.
Buscan el fuego en cada uno de los versos. Jade es una doncella puritana enamorada de un tunante libertino. Sus vestimentas caen al suelo y ella corre en busca de su traje amarillo de trapecista. Los súcubos que la protegen aparecen en medio de la alcoba; interrumpen el acto.
Los tres demonios con apariencia de mujer danzan y distraen al hombre con piruetas y saltos mortales. Se exhiben y mientras tanto arrancan a Jade del lecho divino y la obligan a huir del palacio y de la parsimonia del Tao del sexo. La arrancan de su inexperta y primera noche de amor. Desde aquel día, ambos amantes soportan la tortura de la soledad y continúan sufriendo en silencio.

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Monday, 13 September 2010 00:00

Ciruela

Ciruela

Me encuentro atrapada en medio de túneles enlarvados y pasadizos humedecidos. La casa es tan antigua y amplia que no dejo de sorprenderme de sus dimensiones; en sus paredes blancas, por las que corren bichos raros, se deslizan cadáveres de palomas, grillos y otros insectos verdes, alados, que hasta ahora desconocía.

Por las cortinas transparentes de las ventanas se cuela la luz del amanecer. Hay tantos balcones y muebles tan pobres que no sé hacia dónde dirigirme. Sé que alguien me persigue; al escuchar cualquier ruido, por mínimo que sea, respingo y corro desesperadamente hacia otro laberinto.
Al tratar de huir descubro la parte interna de la casona, es negra, oxidada, con caracoles que caen y golpean mi cabeza. Escucho los gritos que vienen tras de mí y escalo por algunos tubos de metal viejo en busca de la luz. Salgo a otros cuartos impregnados de cochambre y ácido, abro compuertas, cruzo por escaleras de caracol que se desmoronan, por fin logro salir a una de las partes más altas de la casa, es completamente de noche.
Por una de las rendijas de la azotea miro reventar en el cielo una guerra intensa de cohetes que hacen crujir mis oídos. Aguzo la mirada y aprecio a decenas de mujeres desnudas que se embadurnan con pintura blanca, que también se encuentra regada por el piso. Al rodar sobre este lienzo, dan un espectáculo alucinante de fuego y carne viva en movimiento.
Regreso a la casa. Al entrar siento las marejadas de maldad sobre mi espíritu. Los habitantes de la mansión se alejan de mí. Nadie me mira y mucho menos se atreven a invitarme al comedor. De entre las personas ancianas, vestidas de negro, surge la figura de una pequeña niña. Está peinada de raya en medio y dos trencitas. Le pregunto: ¿Quién es esa mujer de cabello negro que baila en la explanada con las otras?
—¡Ah, es Ciruela... mi hermana!
—¿Vive aquí?
—¡Sí, sólo que nadie la quiere porque está loca!
La niña me tomó del brazo y me jaló hacia un cuarto de baño enorme. El vapor brotaba de diminutos baldes de agua similares a los de un baño turco. El cuarto estaba forrado de mármol blanco, con vetas de un verde brillante.
En ese momento Ciruela entró al baño toda cubierta de pintura blanca, su cabello escurría azul como la lluvia del cielo. El agua tibia de las pozas desvaneció la pintura fresca de su cuerpo. Se acercó lentamente a mis labios, un temblor tan fuerte como una cascada vino a mí. Sentí un escalofrío absoluto cuando Ciruela introdujo su lengua dentro de mis labios, en forma de serpiente cosquilleante hasta encontrar mi paladar. Apretó con fuerza mi cuello; con sus manos acarició mi espalda y arrojó al suelo mis prendas mojadas, por último, ciñó su estómago al mío. Luego, comenzó a frotar sus amplios pechos sobre la periferia de mis senos unidos a su piel... Las regaderas mojaban nuestros ojos cerrados como dos fresas. Las gotas de sal escurrían por sus largas pestañas. Sus cejas arqueaban el silencio del agua.
Ciruela rozaba lentamente mis mejillas acaloradas como un pez que se desvanece por la humedad de cada muslo. Su largo cabello tan azulado se enredaba entre mis brazos al apretarla contra mi aliento. Sus pezones erizados frente a mis labios eran delicadas nubes desenhebradas.
En ese momento la pequeña niña también desnuda se deslizó entre nuestras piernas, besando finamente el par de pubis como si saboreara el jugo de dos peras frescas. El agua caliente rociaba las inmensas nalgas de Ciruela, su amplitud enrojecida me recordaba el olor de las manzanas maduras, la mordía sintiendo fluir el néctar de su corazón entre mis labios.
Ciruela se hincó frente a mis manos. Profundicé con mi nariz hasta los últimos rincones de su aterciopelada piel, hasta que ambas nos transfiguramos en azules mariposas. Su voluptuosidad se derritió entre mis sueños, mientras su hermanita jugaba con nuestros cuerpos como si fueran manojos de uvas embriagantes.
En ese momento se apagaron las luces, las tres despertamos en aquel instante, de nuevo retornó el nerviosismo. Ciruela, recogió del piso su toalla empapada y abandonó el vaporoso baño. Su hermanita me explicó: ¡Ciruela tiene un monstruo gruñón que le pega!
Entendí que el ogro era su esposo o algo similar. Escuchamos como Ciruela aventó la puerta del cuarto contiguo, supongo que estaba atemorizada... De nuevo era de día. Los alaridos del carcelero traspasaban las paredes. Permanecí sentada en el suelo del baño junto a la niña. Imaginé el rostro pálido de Ciruela, vi como dejaba caer la toalla; pude imaginar sus pezones endurecidos frente a la cama del ogro y cómo quitó las cobijas para tocar su pecho y empaparlo de su savia.
También pude vislumbrar los rizos de su pubis dorado enfilándose rumbo al miembro del ser que más odia. Su hermanita y yo escuchamos inmediatamente los jadeos, el rechinido de los resortes viejos de la cama, los gruñidos del ogro que la poseía. Creo que en cada cerrar de ojos, Ciruela siente las lágrimas que derramo. Sé que desde ahora su cuerpo morirá frío, lleno de temblores y miedo.
Deseo que algún día visite de nuevo este jardín de frutas exóticas, donde su pequeña hermana y yo aguardamos desnudas, entre las ramas y el vapor del deseo que protege a las mujeres que tendrán alas; mientras tanto pensaré siempre que su verdadero nombre es Ciruela.

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Niña Yhared 1814

Visual & Performance Artist : México City

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Niña Yhared (1814) she is one of the most important young performance artist in Mexico, her work is being recognized both, nationally and abroad; also specializes in the diffusion and promotion of the “Action Art” through her “performance” gallery “The House of the Girl”Read more About me

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